Papá a través de la pantalla
Por: Jorge Augusto
Rodríguez
(Periodista y Locutor)
Todos,
o más bien, muchos, desde que escuchamos el primer llanto en la sala de
maternidad, lanzamos nuestra mirada soñadora hacia el futuro, donde imaginamos
el paso a paso de esa vida naciente, primero que algún día aprenderá a caminar,
que expresará sus primeras palabras, que ira a la escuela, que crecerá y en ese
periplo se viene una serie de capítulos que solamente un papá responsable
quiere palpar y percibir de todas las maneras posibles. Así lo soñé con
Patricia Monserrat.
Luego
de contar con un hogar apacible y comprometido con mi hija, el devenir de los
tiempos nos presentó el eje circunstancial que a muchos les ha tocado
protagonizar como es una separación y posterior divorcio, efecto jurídico consumado
no solo atendiendo los parámetros de la norma civil, sino también con un
admirable civismo que llevó a que Luly y yo fundáramos una mega estructura
genial de respeto, comunicación y admiración, porque para los dos lo más
importante seguiría siendo Patricia Monserrat, esa pequeña traviesa que merece
ir en el barco circundante de la vida con la frente en alto y feliz porque
cuenta con papá y mamá sin ningún tipo de irreverencias.
La
evaluación que algunas personas realizaron sobre la situación sociopolítica y económica
de Venezuela suscitada entre los años 2016 y 2018, llevó a familias en su
conjunto, o a algunos de sus integrantes, a tomar decisiones migratorias en la búsqueda
de un mejor presente, de allí el grueso registro de personas cruzando las
fronteras de la nación, mayoritariamente hacia el contexto sudamericano,
naciendo de esta manera una muy peculiar manera de enterarnos que las familias empezarían
a vivir una muy poco agraciada forma de verse desmembradas, tanto que varios
años después un abundante contingente de connacionales venezolanos aún no han
podido reencontrarse con sus padres y demás familiares, caso mucho más preocupante,
hijos pequeños que extrañan el abrazo de sus padres o sus madres, porque la
ambición crematística o la necesidad extrema tejió esa llamada alternativa.
Yo
tuve que ver partir a mi hija, junto a su abuela María Elena en febrero de
2020, solo que pensaba que sería solo por un par de semanas, sin ser advertido
que pocos días después en plena estadía de Patricia Monserrat en la ciudad de
Pereira, Risaralda, Colombia, (donde casi un año antes reside Luly su Mamá), se
nos vendría la información de la llegada del Coronavirus y con esto el inicio
de un protocolo global instaurado por la Organización Mundial de la Salud y con
políticas sanitarias propias de cada país para evitar y combatir la pandemia
del Covid - 19. En ese momento se venía para mí no solo la realidad de que la
niña, para ese entonces de 7 años de edad, tendría que quedarse en suelo paisa,
sino también una serie de preocupaciones en cadena por la incertidumbre que el
acontecimiento del orbe entero traía.
Pasaron
los días en aquello de “Quédate en Tu Casa”, y crecía la expectación convertida
en desaliento acerca de las limitaciones lacerantes que empezaba a ejercer la
distancia en mi corazón, porque aquí volvemos a las líneas de arriba donde
definimos el sentido de ser un papá responsable, un papá, papá de verdad. Los meses
transcurrían a un ritmo frenético, la herida de alma se ensanchaba cada vez
más, el deseo enorme de reencontrarme con mi hija se hacía un cuento de terror,
pero la fe siempre se mantuvo firme y abrazando el poder divino de Dios, que aunque
no hace las cosas sean, si las hace posibles y fue en ese carrusel de emociones
encontradas que cobró vigencia unas de las incorporaciones tecnológicas más importantes
de la humanidad, como es el teléfono celular, en la versión llamada “inteligente”.
No fue sino hasta agosto – septiembre de 2021 cuando pude volver a ver a mi
muchacha en la ciudad de Medellín en visita de múltiples afectos donde mi
compadre Wenfir, además tío de mi hija.
El
teléfono se convirtió en el guarda y custodia de los gritos más escandalosos en
mis ganas de acercarme a Patricia Monserrat; esos escasos centímetros de
pantalla eran el oxígeno necesario para seguir con vida, ya que allí no solo
nos vimos por primera vez desde el primer día de haber arribado a territorio
cafetalero, sino que con el agobiante paso de las fechas se instauraría como el
recurso no humano capaz de acercarnos, e incluso donde tuvimos que aprender a
coexistir en forma de escuela de tareas, de juegos imaginarios, en reunión para
repasar conductas, en plataforma para observar la apertura del regalo de
navidad o de cumpleaños, la presencia en el parque o la piscina, para detallar
como iba la técnica depurada en la práctica deportiva o como le quedaba el uniforme
del colegio. No podría decir que el teléfono celular sirve para todo, eso sería
una afirmación desmedida, pero si sirve para aliviar la gélida distancia que da
la migración.
Aunque
atribuyo agradecimiento a la existencia del teléfono celular, también en
reproche sostengo que ese aparato jamás estará ni remotamente cerca de la
calidad de los abrazos que un padre y su hija necesitan contemplar para
reafirmarse en el afecto consanguíneo; porque después de colgar cada llamada
queda esa sensación nociva de frio en los brazos, de irritabilidad de los ojos,
de paso débil y de profunda tristeza. No del todo vale ser papá a través de la
pantalla, siempre será insuficiente y siempre dejará la perturbadora duda de si
algún día podré volver a vivir con mi hija, a hacer entorno y causa común con
ella para llenarme de ese sagrado derecho humano de ser testigo de su
crecimiento y madurez. La migración nos robó muchas horas de juego, de muñecas,
de columpios, así como también la migración nos quitó miles de tomadas de mano,
de tareas juntos y de conversaciones cara a cara para entregar lo que es
nuestra propia versión particular de la vida, la que tenemos no por literatura
sino por golpetazos de cuadra en cuadra.
La
concepción de tiempos mejores debe ser una abnegada visión objetiva, bajo la óptica
de la tolerancia y el reconocimiento de las potencialidades puestas de
manifiesto en una materialización de hecho en Venezuela. Si bien falta mucho
por lograr y mucho por seguir construyendo, que duda cabe el logro que sobre
nuestro cielo se asoma como acto de justicia ante el esfuerzo de sudor tendido por
millones de hombres y mujeres que así lo desprenden para reivindicar el
beneficio personal y de su entorno más cercano, representando esto una ecuación
que permite hoy día ser testigos de nuevos y valerosos alientos. Lamentable
resulta la macabra tarea de esas personas que no solo se encargan de abofetear
el esfuerzo de quienes están “gerreando” en suelo patrio, sino que a su vez
asumen la deplorable tarea de anhelar que Venezuela jamás se reivindique,
siendo esto una arremetida mezquina y desleal con el único país que los vio
nacer y que desde la visión de los padres o madres que vieron partir con
retorno incierto a sus hijos y demás familiares, significa un acto de flagrante
agresión hacia los sentimientos intactos de familia.
No
hay mayor fuerza que la conjugada en los pisos firmes de la fe para mantener
viva la ardorosa llama del amor por mi hija, las noches a veces son sueños y a
veces son desvelos, pero no hay jornada donde la oración no implore ante el Ser
Supremo la oportunidad de volver a tener a Patricia Monserrat a mi lado y por
supuesto, con la claridad y madurez de la realidad, al lado de su Mamá, porque
no compartir el mismo techo no desvanece la virtud de hogar y en eso estamos
indisolublemente claros, más hacia una persona como Luly a quien le tengo en acción
mutua un carísimo respeto, admiración, afecto y un ilimitado agradecimiento por
siempre rendir gentileza para que Monse tenga Papá y Mamá los 365 días de cada
año.
Por
ahora solo queda seguir sostenido de la intrigante pantalla del teléfono celular,
inventiva tecnológica que vino a caer de maravilla ancestral justo en momentos
cuando pasamos por la tormenta de la migración, aunque muchos ya optaron por el
retorno, aún queda un cociente fuera y más pronto que tarde ingeniaran la
vuelta a la tierra propia.
Patricia
Monserrat Rodríguez Patiño, hija de mi vida, Dios tendrá altas compensaciones
por el tiempo que nos estamos perdiendo…Te Amo mi muchachita…
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